Acostada boca arriba sumida en la oscuridad de la noche y de mi alma, reviviendo la sensación filosa sobre mi piel, sintiendo los cortes que ardían, sabía que había ido demasiado lejos, con la respiración entrecortada y lenta, pasaba lentamente las yemas de mis dedos sobre las heridas, entre lágrimas y culpa le pedía perdón a mi cuerpo…
Sentiste mi angustia y siempre tan perceptiva, te acercaste
-contame- me dijiste. Silencio, mas culpa, me tragabas las lágrimas, no quería articular palabras. Permanecí en silencio
– Contame – insististe
– Me da vergüenza- contesté con sinceridad, por alguna razón no podía mentirte, pero no quería contarte, el buscar las palabras en mi cabeza resultaba agotador. No dije más nada.
- te cortaste? – me preguntaste varios segundos después. Ho! Cuanta vergüenza y yo que no sabía mentirte
–un poco- susurré, deseando estar muy lejos, tan lejos como merezco… Sin embargo algo me tranquilizaba terriblemente, no sentir tu juicio quizás.
-No te toques las heridas- dijiste con un amor que no comprendí. Pero son las únicas caricias que recibo! Pensé.
–me hice mucho mal esta vez- dije sumergida en la tormenta que había inventado, me ardía completamente la piel, un dolor que se me metía más y más en mis entrañas… y miedo, miedo, mucho miedo.
-ay nena, ay nena- dijiste palpando las heridas. Sabías que esperaba cualquier cosa menos caricias y sentir tus lágrimas me desarmó, no merecías esto.
–Nena, nena- seguías diciendo, cada vez con más dolor. Dentro de mi cabeza retumbaba una y otra vez la palabra perdón, perdón, perdón… Y cuando merecía un insulto, una cachetada, un reproche… No! Vos me dabas un abrazo profundo y silencioso… Llenando de amor el abismo de odio que abrí.
Cuando pude hablar, atolondré una absurda justificación.
– solo quería respirar, te juro que solo quería respirar, y después no pude parar, perdón, no quise lastimar a nadie… Solo quería respirar –
-Shhhh, shhh- me interrumpiste – shhhh- Susurraste. Ay! Me dolía y desorientaba tu actitud. –Yo te quiero igual-seguiste diciendo….
Y eso me hizo salir muchas lágrimas de los ojos, lagrimas densas, de esas que salen cuando se va el miedo. Claro que sentía la aceptación, me resultaba imposible entenderlo, pero sí que lo sentí.
Agradecí profundamente a Dios y a vos, sabía que las cosas nunca iban a volver a ser las mismas, no iba a permitírmelo, al menos mientras estés a mi lado. Me seguiste abrazando hasta que no quedaron lágrimas y los recuerdos se desvanecieron en un sueño profundo.
Todas las Gracias a vos...